Hablar de la crisis financiera mundial por estos días parece ya parte de la agenda trazada para al menos los últimos dos o tres años y, muy probablemente, para un par de los siguientes. Por cierto, hablar, analizar, proponer y proyectar los efectos de esta tendencia a nivel nacional no es sino suntuario a la luz de los necesarios llamados a “apretar los dientes” (Ministro Edmundo Pérez Yoma) o a continuar “parchando” las medidas ya impulsadas por el Gobierno (mantener y/o aumentar los cupos de los planes de trabajo de emergencia –que más que emergencia parecen ya parte del sistema-, estimular la flexibilidad laboral y dar incentivos a las empresas ya establecidas).
El cuadro en Chile, aparece en el papel favorecido por la gran cuenta de ahorro que significaron los ingresos por el alto valor del cobre meses atrás y por el cúmulo de pactos económico-comerciales con las más distintas comunidades internacionales que aseguraron durante un buen instante un pequeño veranito de San Juan a los exportadores.
Tanto a lo largo y ancho del orbe como de nuestra larga y delgada faja de tierra, el llamado parece ser “todos gracias al Estado pero sin el Estado”. Así, medidas tales como la fuerte baja de la tasa de interés por parte del Banco Central o la danza de millones ofrecidas para palear la crisis de los mercados internos, son las que han abarrotado la agenda de noticias de las últimas semanas, además de los insistentes llamados a los empresarios a mantener los cupos de trabajo, llamado que, ciertamente, parece no ser muy escuchado. La generación de empleo se ha más que estancado y, peor aún, ya se acerca el período de contracción del mercado laboral a partir de marzo-abril.
A sabiendas de que el común de los habitantes no distribuye siquiera un pequeño porcentaje de sus ingresos al ahorro o la inversión, el estímulo a la demanda interna que significa la reducción de las tasas de interés claramente obedece a un segundo llamado: Continuar produciendo, que habrán muchos más que van a tener con qué comprar. La pregunta es ¿se está dispuesto a seguir produciendo? o, más importante aún ¿se está dispuesto esta vez a que, vista la depresión que sufre la demanda externa, se invierta esta vez para producir, ofertar el mercado nacional?
Desde hace mucho que el habitante promedio de nuestro país no prueba, por ejemplo, sus propias BUENAS paltas, sus propias BUENAS uvas, las EXQUISITAS manzanas cultivadas en su tierra. Desde hace más tiempo aún que se habla, que se cree, que se espera que, de una vez por todas, el cobre que sacamos de nuestros suelos (y que es vendido a pingües valores por el escaso valor agregado) sea procesado y convertido en productos finales o intermedios en nuestro propio país tanto para consumo interno como para exportación, esta vez, de un bien elaborado.
Definitivamente la producción, la oferta, el consumo y la demanda interna tan alicaída desde hace ya quizá más de una década se beneficiarían y, con ello, por qué no decirlo, el empleo, la riqueza y el aumento de capital fijo para las empresas.
Con Codelco invirtiendo en energía limpia y estableciendo pactos con sus trabajadores y con Escondida “a la cabeza de las utilidades” pero descuidando el trato con su propia gente, parece ser que para que esta realidad se dé se necesita una poción mágica que permita, de una vez por todas encantar al empresariado para que éste, vea las necesidades contingentes y a largo plazo: Inversión, inversión, y más inversión y, por cierto, pensar en algo más que en la caída de las utilidades o en el Estado como la gran teta del pueblo. Acá, en Chile, los privados no sólo pueden hacer su propio sueldo (el que por estos días ganan fuera del territorio, con inversiones importantes a nivel internacional) y, además, hacer que Chile haga su propio sueldo.
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